viernes, 8 de agosto de 2008

CONSIDERACIONES SOBRE LA LECTURA

“Sin duda, la amistad, aquella que moviliza a los individuos, es una cosa frívola, y la lectura es una clase de amistad. Pero al menos es un vínculo sincero." Marcel Proust
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La percepción, ya fue dicho muchas veces, nunca pudo volver a pensarse de la misma manera luego de la aparición del cine. Éste abrió una nueva mirada que hubo que aprender (no era extraño que los primeros espectadores salieran corriendo de la sala, cuando, por ejemplo, un tren a toda velocidad se acercaba de frente).
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Con el shock, afortunadamente, también surgió la maravilla: a partir de entonces se pudo ver una tormenta en altamar (sin correr el riesgo de ahogarse), el fin del mundo, el lejano oeste, el campo de batalla de una gran guerra… casi todo era ya posible a los ojos.
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Ahora bien, al igual que la música, el cine es un objeto temporal que se constituye en su duración. Es, en esencia, un flujo que coincide con el flujo de la conciencia de quién mira, éste último adecuado al tiempo del primero. Pero una nueva tecnología vendría a modificar dicha adecuación, transformando así la manera de ver cine.
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Los que rondamos los treinta, pudimos desde nuestra infancia, gracias a la videocassettera, detenernos en una escena, avanzar, retroceder, es decir, desde chicos, pudimos hacer con las películas lo que siempre se pudo hacer con los libros, y casi al mismo tiempo en que aprendíamos a leer palabras en la escuela, también aprendíamos a leer cine en el living de casa.
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El acceso a las películas, a diferencia de hoy, que tenemos la posibilidad de acumularlas ilimitadamente a través de la computadora, era casi exclusivamente a través del videoclub. Ir allí era una mezcla entre ir a una biblioteca (debíamos devolver luego las películas) e ir a una librería (estaban a nuestro alcance, podíamos leer sus lomos, recorrer las estanterías llenas de nombres que nos despertaban curiosidad, miedo, sorpresa, deseo).
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Ese ritual -ir a alquilar la película, sentarse en el living, poner pausa en la escena que más nos gustaba, acelerar lo que no podíamos soportar ver, y tal vez, luego de tomar aliento, ver varias veces eso mismo a fin de superar nuestra aversión, repetir también momentos que queríamos hacerlos nuestros, representar (jugar a que éramos uno de los personajes), reconstruir y transformar, después, con nuestra imaginación, eso que veíamos, no en un fluir inaccesible de cambiar, sino a nuestro ritmo- ese ritual nos permitió apropiarnos de las películas y experimentarlas de manera más íntima.
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En aquel entonces también el walkman se volvió de uso bastante masivo, lo que posibilitó esa misma intimidad con la música, y podíamos escuchar un cassette hasta agotarlo, sin agotar por eso a los que nos rodeaban.
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Nos volvimos lectores más allá de los libros, y esto, aunque sin que pueda yo aún decir exactamente cómo y en qué medida, para los que estamos interesados en la literatura, cambió la forma de relacionarnos con ella, tanto como productores de lectura como de escritura.
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Es cierto que hoy en día podemos seguir apropiándonos de las películas, los libros y la música de igual forma, pero “todo lo que no vamos a llegar a ver, a leer, a escuchar” ya no pertenece a un afuera, sino que lo podemos tener acumulado en nuestra pc y, quizás, lo que tenemos que aprender hoy, es a conjugar la intimidad y apropiación que requiere toda lectura, con ese gigante inabarcable que se despierta a cada click del enter.
kl
(Publicado en la revista "No-retornable" - http://www.no-retornable.com.ar/- Diciembre 2007)