miércoles, 6 de agosto de 2008

Algo en el aire, de Jorge Paolantonio

Si uno, en vez de comenzar a leer Algo en el aire, escucha a alguien, a lo lejos, leerla en voz alta, es posible que piense que se trata de una poesía. Es más, si algún lector curioso se asoma al índice que aparece en la última hoja y lee los nombres de los capítulos de la novela, no es extraño que crea que se trata del índice de un poemario. Y no estará tan desacertado. Ese “algo” que está en el aire, no es otra cosa que música.

Si continúa su curiosidad por el paratexto del libro y lee la biografía del autor que aparece en la solapa de la tapa, no se sorprenderá de que se trate de un escritor que, además de haber escrito numerosas obras de teatro y novelas, es poeta. Ahora bien, una vez que el lector curioso ingrese a la atmósfera de Algo en el aire, es posible también que se sienta sumergido en una película de papel, donde los capítulos marcan sutilmente las escenas y el lenguaje, armónico y cargado de oclusiones precisas, es su banda de sonido.

La historia transcurre en los años 40, en un pueblo conservador del noroeste argentino. Cristina Otero, rebautizada Cotona “por las dificultades articulatorias de un hermano cretino”, es una joven mujer que no tiene miedo de disfrutar de su sexualidad en ese infierno terreno para quienes no comprenden, por lucidez vital, cómo las personas pueden vivir sin preguntarse jamás por la libertad de sus cuerpos, ideas y sentimientos. Tampoco comprenden eso Carmencita (“un animalito sin freno, caprichosa, determinada”, según su madre) y la princesa Yolanda, un travesti que, si la nobleza se midiese por la intensidad de las personas, el título le quedaría muy chico: “el espíritu de Julio Ordónez y la Princesa Yolanda llovía con tristeza sobre los potingues de su tocador. La gata de tres colores, con su oído afinadísimo, fue quien advirtió toda la revolución climática en ese cosmos ínfimo. Su dueña, doña Fanny Sabib, nunca se enteró de que por las alcobas de su pensión pasaba una parte conmocionada del universo”.

Como toda buena literatura, Algo en el aire reestablece un discurso más justo, en donde los incomprendidos son los que señalan con el dedo y no los señalados, donde la muerte es para todos y la vida sólo para los que se atreven a hacerse cargo de sus deseos.
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(Publicado en la revista "Los asesinos tímidos", Octubre 2006)